jueves, 9 de febrero de 2017

Política e ironía en 2017.

La necesidad de la ironía hoy
Felipe Mario González. Maremágnum. 8.II.17

Todo lo que está pasando es muy inquietante. Lo de Trump, lo de del gasolinazo, los efectos de la crisis del 2008 que no acaban de ceder, y los vientos que en México y en diversas partes del mundo, se siembran y presagian tempestades.

La atmósfera esta cargada de tensión. Los caracteres frívolos tienen a enseñorearse. Los azorrillados del mundo entero se revuelven histéricos, buscan en todo posiciones dicotómicas. Generan abismos en el entendimiento, y tensan y potencian las contradicciones haciéndolas irremediables.

El mundo que vivimos y especialmente las circunstancias de esta segunda década del siglo XXI, requieren mesura, calibrar las respuestas y sobre todo atención, cosa muy difícil de encontrar en medio de la dispersión psicológica e intelectual que afecta a muchos de nuestros congéneres.

Hay que buscar una forma de resistencia frente a la estupidez impositiva, de los que quieren que todo sea negro o blanco, a conveniencia de sus intereses del momento. Se trata de los partidarios del todo o nada, de los promotores del rompimiento, de los que generan en las familias, en las organizaciones e incluso en las sociedad polarizaciones insalvables.

Ello requiere en primer lugar no tomarse de demasiado en serio a uno mismo y a las circunstancias. Hay que enfrentar a esos nuevos enamorados de sí mismos, que son muy fácilmente reconocibles. Son de  una casta que gestualmente ponen “cara de pato”. No es casualidad las muchas veces que Trump recurre en sus expresiones faciales a la “duck-face” o “trump-face”. La “duck-face” para sus promotores se ha vuelto una señal universal; lo mismo la utilizan para dar la apariencia de sesudos e ignotos, que para expresar disgusto, negación o rechazo de todo lo que eventualmente les puede contradecir. Pontifican desde su ignorancia, agreden desde su ego fragmentado y oscurecen a quienes se les acercan.

Vale la pena por nosotros, y por ver si ellos pueden superar su triste situación, recuperar el sentido de la ironía, que no es otro que el de la duda pacificadora, la que ante una sentencia dogmática y autoritaria, se pregunta “¿Será?”. La ironía que mediatiza y desconfía de las afirmaciones categóricas sin posible discusión.  La que pone un cuestionamiento ingenioso a una afirmación exuberante y desaprensiva. La que busca un término de aproximación a situaciones distantes, o de salida ante planteamientos cerrados.

El problema es que la ironía está en peligro de extinción, por obra de los “hombres de negro”. Esos seres sombríos en el espíritu, encapotados para el corazón y grises intelectualmente, que son en la realidad, lo que el dementor es al mundo de Harry Potter: algo que quita el aliento vital.

La ironía supone una ignorancia fingida y es también el arte de disimular para enfrentar a las personas con la realidad. La usaron Platón y Sócrates y es útil para bajarle dos rayitas al excesivo apego al propio juicio, y encontrar un medio racional para ajustarse a la realidad. Pero como lo esta demostrando la vulgaridad imperante, hay tal vez demasiada gente que prefiere la vida sin matices, el lenguaje uniformado lleno de safiedades y los estereotipos repetidos hasta la saciedad.

La ironía de alguna manera atenúa, disminuye o niega aquello que afirma, para poder significar más que las palabra empleadas, y apuntar al sentido último que las cosas tienen en la existencia, que en donde de verdad se discrimina el metal precioso de la calderilla.


En nuestra vida personal, en la de las organizaciones y en la de nuestras comunidades es necesario separar lo accidental de lo esencial, los superfluo de lo que importa, lo que relumbra de lo que resplandece. Esa es nuestra tarea hoy, la de ustedes y la mía, sopesar, calibrar, ajustar, en una palabra ganar terreno para la prudencia y no dejarnos ganar por la insensatez. Y todo ello recuperando el sentido de la ironía.

Ironía y crisis política

La necesidad de la ironía hoy
Felipe Mario González. Maremágnum. 8.II.17

Todo lo que está pasando es muy inquietante. Lo de Trump, lo de del gasolinazo, los efectos de la crisis del 2008 que no acaban de ceder, y los vientos que en México y en diversas partes del mundo, se siembran y presagian tempestades.

La atmósfera esta cargada de tensión. Los caracteres frívolos tienen a enseñorearse. Los azorrillados del mundo entero se revuelven histéricos, buscan en todo posiciones dicotómicas. Generan abismos en el entendimiento, y tensan y potencian las contradicciones haciéndolas irremediables.

El mundo que vivimos y especialmente las circunstancias de esta segunda década del siglo XXI, requieren mesura, calibrar las respuestas y sobre todo atención, cosa muy difícil de encontrar en medio de la dispersión psicológica e intelectual que afecta a muchos de nuestros congéneres.

Hay que buscar una forma de resistencia frente a la estupidez impositiva, de los que quieren que todo sea negro o blanco, a conveniencia de sus intereses del momento. Se trata de los partidarios del todo o nada, de los promotores del rompimiento, de los que generan en las familias, en las organizaciones e incluso en las sociedad polarizaciones insalvables.

Ello requiere en primer lugar no tomarse de demasiado en serio a uno mismo y a las circunstancias. Hay que enfrentar a esos nuevos enamorados de sí mismos, que son muy fácilmente reconocibles. Son de  una casta que gestualmente ponen “cara de pato”. No es casualidad las muchas veces que Trump recurre en sus expresiones faciales a la “duck-face” o “trump-face”. La “duck-face” para sus promotores se ha vuelto una señal universal; lo mismo la utilizan para dar la apariencia de sesudos e ignotos, que para expresar disgusto, negación o rechazo de todo lo que eventualmente les puede contradecir. Pontifican desde su ignorancia, agreden desde su ego fragmentado y oscurecen a quienes se les acercan.

Vale la pena por nosotros, y por ver si ellos pueden superar su triste situación, recuperar el sentido de la ironía, que no es otro que el de la duda pacificadora, la que ante una sentencia dogmática y autoritaria, se pregunta “¿Será?”. La ironía que mediatiza y desconfía de las afirmaciones categóricas sin posible discusión.  La que pone un cuestionamiento ingenioso a una afirmación exuberante y desaprensiva. La que busca un término de aproximación a situaciones distantes, o de salida ante planteamientos cerrados.

El problema es que la ironía está en peligro de extinción, por obra de los “hombres de negro”. Esos seres sombríos en el espíritu, encapotados para el corazón y grises intelectualmente, que son en la realidad, lo que el dementor es al mundo de Harry Potter: algo que quita el aliento vital.

La ironía supone una ignorancia fingida y es también el arte de disimular para enfrentar a las personas con la realidad. La usaron Platón y Sócrates y es útil para bajarle dos rayitas al excesivo apego al propio juicio, y encontrar un medio racional para ajustarse a la realidad. Pero como lo esta demostrando la vulgaridad imperante, hay tal vez demasiada gente que prefiere la vida sin matices, el lenguaje uniformado lleno de safiedades y los estereotipos repetidos hasta la saciedad.

La ironía de alguna manera atenúa, disminuye o niega aquello que afirma, para poder significar más que las palabra empleadas, y apuntar al sentido último que las cosas tienen en la existencia, que en donde de verdad se discrimina el metal precioso de la calderilla.


En nuestra vida personal, en la de las organizaciones y en la de nuestras comunidades es necesario separar lo accidental de lo esencial, los superfluo de lo que importa, lo que relumbra de lo que resplandece. Esa es nuestra tarea hoy, la de ustedes y la mía, sopesar, calibrar, ajustar, en una palabra ganar terreno para la prudencia y no dejarnos ganar por la insensatez. Y todo ello recuperando el sentido de la ironía.

Necesidad de la ironía

viernes, 3 de febrero de 2017

Entre la manipulación y el patriotismo: entender la situación.

Entre la manipulación y el patriotismo: entender la situación.
Felipe Mario González. Maremágnum. 3 de febrero de 2017.

Los momentos que estamos viviendo son espeluznantes. Estamos como marionetas, movidos por hilos que no sabemos quien manipula. Hay estupor, miedo, confusión, desaliento y sobredosis de histeria colectiva, porque no alcanzamos a ver ni la magnitud del problema, ni sus posibles soluciones.

Estamos al vaivén de las informaciones desintegradas, las manipulaciones consentidas y los trepidantes rumores, que acosan las seguridad de una existencia anclada en la superficialidad de un confort, que tememos desaparezca.

Por otra parte son estimulantes los deseos de participar, los sentimientos de solidaridad y la necesidad de un cambio. Las manifestaciones de patriotismo que estamos viviendo, la unidad que queremos demostrar entre todos los mexicanos, y el esfuerzo por hacer una causa común frente al extraño enemigo, son alentadoras. La percepción de que podemos perder mucho más de lo que hemos ganado, nos está llevando a la búsqueda de una nueva conciencia nacional.

Mis observaciones pretenden ayudar a la construcción, de ese imaginario colectivo de solidaridad y mutua dependencia en el que todos cabemos. Pero también quiero contribuir con una autocrítica, que nos haga enfocarnos más, y centrarnos más en los objetivos neurálgicos del país.

Hemos iniciado el año entre el gasolinazo y el trumpazo. Las protestas y la violencia generada contra el gasolinazo, nos hizo pensar en el despertar del México bronco, un fantasma al que todos tememos. Sin minusvalorar el descontento que hay y que seguramente se incrementará por las precarias condiciones de vida de la mayoría de las personas en México, hay que reconocer que los movimientos violentos no provienen de los ciudadanos que quieren construir un México mejor. Proceden como es tradicional, en nuestro país, de los grupos políticos oficialistas o no, que buscan desacreditar a los enemigos políticos, de cara a las siguientes elecciones. La movilización, los recursos y logística de las protestas contra el gasolinazo, suponen la puesta en práctica de un plan a favor de determinados intereses, que no necesariamente son los de los ciudadanos comunes y corrientes. Lo cual no obsta para que haya un descontento ciudadano real, que éstos grupos capitalizan.

Por otra parte el trumpazo ha sido frenético. Es un como un torbellino que todo lo quiere cambiar no en los primeros cien días, sino en las primeras cien horas del nuevo gobierno. Nuestras exportaciones se ven amenazadas; la construcción del muro se ve como una ofensa y una limitación a la libertad; la discriminación a los mexicanos en Estados Unidos se vuelve cada vez más tangible. Hay razones para el desasosiego y el temor, se entiende que nos pongan los pelos de punta y que las reacciones de desconsuelo no se hagan esperar.

Pero con el ánimo sereno y la visión en lo que debemos hacer, urge ahora considerar los objetivos estratégicos, que como país tenemos que afrontar, con independencia de todos los problemas que se nos vengan del exterior.

Sólo si tenemos la fortaleza interna para centrarnos en lo que debemos y podemos hacer aquí y ahora, dentro de México y en el corto plazo, ganaremos en la fortaleza que necesitamos y el respeto que tenemos que merecernos.


Los imperativos de México, por los que nadie luchará –excepto nosotros mismos- están en el combate a la corrupción; en la disminución de la pobreza y la desigualdad; en la lucha contra el corporativismo de las organizaciones que mantienen sectores enteros, como el de la educación, la energía y la seguridad social, en márgenes altamente inviables de sobrevivencia; y en la necesidad de romper con la connivencia de las fuerzas del orden y las organizaciones criminales.

Entre la manipulación y el patriotismo: entender la situación

miércoles, 1 de febrero de 2017

La era del Trumpower es un tiempo para las convicciones.

La era  del Trump-power es un tiempo para las convicciones
Felipe Mario González. 1. II. 2017 Maremágnum.

El cambio comenzó formalmente el 20 de enero de 2017, aunque Trump dió la impresión de haber asumido el mando, al día siguiente de las elecciones. Los cisnes negros abundaron en el 2016, el Brexit, el no a la paz en Colombia, el no a la reforma constitucional en Italia y la llegada del 45º presidente de los Estados Unidos.

Lo que parecía improbable, se volvió una profecía autocumplida. La realidad supera la ficción y nos damos de bruces contra un 2017, que nos recuerda que los efectos de la gran recesión de 2008, no han pasado.

Lo que estamos viviendo es la crisis de la liberalización económica que trajo una mayor desigualdad, polarización y deterioro de las condiciones vida de una gran parte de la población, junto con la erosión de los valores éticos que permiten afrontar con confianza el futuro.

Y es aquí donde veo la razón última del triunfo de Trump, el Brexit, el no a la paz colombiano o la caída de Renzi: el miedo al futuro. Si algo resulta evidente para la mayoría de nosotros es la precariedad nuestra situación existencial. La economía especulativa paso por encima de todas las barreras morales, sociales y políticas, instalando la visión del interés personal por encima de cualquier cosa.

Los ideólogos de la izquierda y de la derecha han hecho saltar todas las costumbres, tradiciones y valores que hacían posible una cierta coherencia colectiva. Ahora nos encontramos con que a falta de crecimiento económico, se nos ofrece la sociedad del hedonismo en la que todo está permitido. Un hedonismo que exalta la relatividad y condena las certezas, que busca el máximo placer a costa de la integridad humana, que convierte los medios en fines y obtura el sentido de la vida.

Rotos los vínculos de la articulación social, el futuro se vuele incierto, inseguro e inescrutable. Los humanos nos convertimos en seres erráticos, y nuestras conductas se desquician. El miedo impera, y lo peor es que se oscurece el entendimiento, al dejarnos en manos de los sentimientos viscerales.

Hemos ido demasiado lejos. Tan lejos como cuando en la década de los treintas del siglo XX, después de la Gran Depresión, el populismo nacional-socialista se enseñoreo de Europa. Sin la debacle económica y las injusticias internacionales de los años 20 y 30 del siglo pasado, no hubiera sido posible la exaltación racista, ególatra y violenta del propio interés por encima de todo.


Hoy tenemos que afrontar el reto de buscar soluciones distintas para los problemas de los países y de la humanidad. Soluciones que privilegien el trabajo bien hecho, la honestidad, la sobriedad de vida y la solidaridad, por encima de los catastróficos resultados de los populismos nacionalistas, de los planteamientos que buscan dejar en manos de unos pocos, las soluciones que todos debemos procurar, eso sí comprometiendo nuestra libertad y arriesgando nuestra existencia al servicio de unos valores que nos lleven a ser más humanos, más sensibles y responsables unos de otros. No es está una hora de vacilaciones, es una época para las convicciones y el trabajo esforzado sin estridencias, pero con objetivos claros. Ojalá que nuestras élites y cada una y cada uno de nosotros lo entendamos así.

La era del Trump-power es un tiempo para las convicciones

lunes, 30 de enero de 2017

Trump una oportunidad para México

TRUMP: una oportunidad para México.
Felipe Mario González. 30 de enero de 2017. Maremágnum.


A diez días de que el día se llegó y Trump juró, el mundo esta estupefacto. La impresionante ceremonia se repitió como cada cuatro años. Lo singular fueron las protestas, el personaje y el discurso. Un discurso breve, contundente y que no dejó lugar a dudas. Ratificó las promesas de campaña. Era la confirmación que nadie quería oír. Todos nos habíamos refugiados, en el disparate esperanzador de que no haría lo que prometió en campaña.

Los ejes de su gobierno serán nacionalismo, proteccionismo, aislamiento,  y rechazo de todo lo que no sean los Estados Unidos, que él ve. Promesas de devolver el poder a los ciudadanos, de ir en contra del camarilla de los poderosos, y mejorar el nivel de vida con la inversión en infraestructura, la reducción de impuestos y la generación de empleo.

El mensaje central a mi juicio no es nada trivial. Ha anunciado a su país y al mundo un cambio radical. Y en esto quiero centrar mi comentario. El cambio urge, es necesario y el tiempo apremia. Personalmente estoy en contra de muchas las propuestas concretas de Trump. Pero sí me parece rescatable la idea de que estamos ante un cambio que se dará, aunque no sea el más deseable, y que nos afectara a todos.

Esta situación requiere una movilización: hay que tomar en serio el llamado a la acción del presidente Trump. No a secundar las acciones que él propone. Pero sí a responder de manera decidida. No con alegatos, ni tampoco con declaraciones sentimentales o menos aún a caer en una simple retórica que lleva a cargar sobre el exterior, sobre las circunstancias adversas, y sobre la política trumpiana, la razón de nuestros males en México.

En México y en el mundo se necesita un cambio de la economía especulativa a la economía real, se requiere de un nuevo liderazgo de las clases medias frente a la ilegitimidad del establishment económico, político y social. Es urgente en primer lugar tomar conciencia de que cara a los próximos años en México y el mundo, el futuro no puede ser la continuación inercial de un sistema que genera desigualdad, que monopoliza las oportunidades y que centraliza los beneficios en tanto que socializa los costos.

Trump significa que algo llegó para cambiar, que las reglas no pueden seguir igual y las acciones hay que empezar a diseñarlas ya. No tanto en respuesta a una política agresiva, sino como resultado de un diagnóstico de nuestra situación, de una valoración de los recursos con los que realmente contamos, y un compromiso estratégico que nos lleve a la integración de las personas menos favorecidas, al desarrollo de las cualidades de todos y a la armonización de los intereses de cara al bien común.


El trumpismo de Trump representa una oportunidad para depender  más de lo que nosotros hagamos, y no de las situaciones coyunturales que nos afectan; es una oportunidad para tomar responsabilidad en el hecho de que el futuro de México depende más, mucho más, de lo que nosotros llevemos a cabo, que de las acciones del exterior. Del tamaño de nuestros deseos, de la magnitud de nuestros sueños, de la fuerza de nuestras esperanzas depende que este gran país, México, sea para todos nosotros una patria que da identidad, que genera oportunidades  y que permite el desarrollo de una vida lograda para todos.