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lunes, 30 de enero de 2017
miércoles, 25 de enero de 2017
2017: el año de la volatilidad
2017: el año de la volatilidad.
Felipe Mario González.
Maremágnum. 25.I.2017
Amigas y amigos bienvenidos todos al 2017, que se ha
iniciado con el juramento de Trump como presidente de los Estados Unidos.
Confío en que este año sea para cada una y cada uno de nosotros un año
espléndido. Será desde luego, pleno de desafíos: por ello hay que cobrar
conciencia de lo que somos y de lo que debemos llegar a ser.
2017 es un año lleno de resonancias. Tienen efemérides muy
significativas como el centenario de la constitución mexicana o el bicentenario
de la fundación de los Hermanos Maristas, que tanto bien han hecho en México;
el centenario de la revolución bolchevique o el de las apariciones de Fátima;
el pentacentenario de la reforma protestante o el quinto centenario de la
publicación de Utopía por Tomás Moro.
Es un año electoralmente movido en México y en el mundo.
Habrá elecciones para jefe de gobierno en Francia, Alemania, Chile y Honduras; en
Coahuila, Nayarit y Estado de México se
elegirán gobernadores, en tanto que en Veracruz habrá elecciones municipales.
Los resultados en el Estado de México pueden ser un indicador, de las tensiones
que se desatarán en el año electoral de 2108. Y la Ciudad de México tendrá una
nueva constitución, con contenidos que han generado mucha polémica.
2017 se presenta interna y externamente como un año difícil.
La recuperación es desesperantemente lenta y frágil. Nueve años sin prosperidad
en el mundo. En Europa, el Brexit empezará su marcha con consecuencias
imprevisibles.
Hay fuerzas contrarias al crecimiento futuro de la
productividad. La deuda tanto pública como privada sigue siendo importante en
el mundo, y los esfuerzos por reducirla provocan el estancamiento, al tiempo
que el exceso de dinero de la economía especulativa genera desequilibrios
globales, acentuados por factores estructurales como son la demografía, los
tipos de interés y la desconfianza y el miedo. Por otro lado continua el lastre
de la pronunciada desigualdad en los ingresos y la baja calidad de la educación.
Se espera que el PIB mundial crezca un 3.4% en 2017, frente
al 3.1% de 2016. En Estados Unidos se pronostica un aumento del 2.2 por ciento.
En el corto plazo, el factor trumpista favorecerá el empleo y el crecimiento,
pero tal vez presione a mayor inflación. El aumento de la inversión
infraestructura y la reducción de impuestos puede llevar a aumentar el déficit
público. En Europa se espera un aumento del PIB del 1.6 por ciento, lo que
consolida la lenta tendencia al crecimiento.
2017 es una año de transición entre un modelo que no
funciona y no acaba de irse, y otro que costará mucho dar a luz, para que
realmente sea justo e inclusivo. En este las estrategia de los gobiernos se
desplaza de los estímulos monetarios a las políticas fiscales. Y nuevamente la fiebre normativa se abre a la
desregularización, que si no es prudente, puede abrir nuevamente la caja de
pandora.
El futuro, también el económico y social, suele parecerse
mucho al presente. Por ello las previsiones económicas pueden entenderse como
una prolongación de las tendencias actuales.
Veremos una pugna política de poder por el comercio
internacional. Es difícil calibrar la profundidad del enfrentamiento que Trump
ha anunciado en la toma de posesión. Nos esperan en México y en el mundo
conflictos estratégicos, que deberán llevar a negociaciones y acuerdos que
fijen los nuevos paradigmas a los que habrá que atenerse, y por el ello el
pronóstico más certero es que 2017 será un año de tremenda volatilidad.
Volatilidad que puede tener aspectos negativos, como cuando las fuerzas en
conflicto generan la explosión o la implosión, o aspectos positivos como
plantearse la necesidad de volar por cuenta propia, sin depender excesivamente
de lo que otros hagan. Esta parece ser la mejor recomendación para el año que
comienza.
miércoles, 11 de mayo de 2016
Burocratismo dogmáticos vs ser humano
Burocratismos dogmáticos VS ser humano.
Felipe Mario González.
Maremágnum. 11 de mayo de 2016
La ética de la alteridad, la aceptación del otro, nos lleva
a descentrarnos de nosotros mismos, para poner la atención en los demás. Pero hay
personas, que invierten el proceso y sólo ven los defectos de los demás, a lo
que etiquetan, catalogan y manipulan en función de sus crietrios. Una actitud
que al cerrar al individuo, le impide abrirse a las cualidades del otro. Es
tanto como contraponer el “los demás para mí” -que lleva a instrumentalizar,
depredar o aniquilar-, al “yo con los demás”, que es la vía para el aprecio
mutuo, el trabajo colaborativo y la búsqueda de un bien común.
Cualquier filosofía, ideología, posición ética o postulado
religioso, se basa en la búsqueda de mejores relaciones entre las personas, en la
armonización y en el logro de la paz, que estriba en deleitarse en el bien conseguido, y por lo tanto
compartido: fruto del trabajo común. Esto no es más que la afirmación
simple de que estamos relacionados desde la naturaleza, y anclados en la
sociabilidad natural o la dependencia mutua.
Sin embargo estas afirmaciones axiales y referenciales de una vida humana
integrada y con sentido, no son tan fáciles de encontrar en la práctica. En el origen de la
humanidad Caín mató Abel, que
era su hermano. De ahí a la afirmación sartiana de que “el infierno son
los otros”, hay todo un recorrido. La armonía es difícil en las familias; las amistades no suelen ser
duraderas o bien se corrompen por interesadas. Tenemos por lo tanto una
oposición dialéctica tremenda: buscar servir a los demás o que los demás nos
sirvan, con una variante conmensurable: servirnos de los otros.
Y es este el caldo de cultivo para todas las guerras, los
enfrentamientos y las violencias. Por una parte se proclama la fraternidad
universal y por la otra se busca someter a los otros a nuestros intereses,
manipulándolos como objetos a nuestro servicio. Como lo segundo se caracteriza
por ser moralmente inaceptable, se recurre a los dogmatismos, a los sistemas
cerrados, a la idea de la unidad –todos tienen que apoyar la causa- y entonces
la proclamada fraternidad se escinde, de manera maniquea .
Dividimos los seres humanos en amigos o enemigos, según
sirvan a nuestros intereses, en la medida que apoyen nuestras ideas, o en tanto
sean útiles para nuestros propósitos. Las personas que nos rodean e inclusos
otras más distantes van pasando de una lista a la otra de manera intermitente,
hasta que la divisa en las relaciones sociales, es que no se puede confiar en
nadie, porque sólo hay partes interesadas y es casi imposible encontrar un fin
común.
Tal vez sea necesario que nos propongamos algo radical.
Mirar a las personas no en función de nuestros intereses, de nuestros apetitos,
de nuestras creencias –tantas veces arbitrarias-, sino en función de los que
son, de lo que valen por sí mismas, de su dignidad –que tantas veces nos
negamos a reconocer-.
Hay que insistir una y otra vez en que no se puede tratar a
los seres humanos como medios, como recursos, como instrumentos que empleamos
para hacer algo. Porque los seres humanos ya son algo, son un fin en sí mismos,
y requieren en primer lugar de respeto.
Hay quienes con toda razón critican los sacrificios humanos
como barbaros y despiadados, pero en ocasiones esos mismos individuos
sacrifican a los amigos a las ideas; a las personas a las organizaciones; a los seres humanos al funcionamiento de los
sistemas económicos, sociales, políticos o religiosos.
Por ello necesitamos volver a poner a la persona –a los
seres humanos concretos- en el foco y en el centro de nuestra atención. Se
trata de restituir a los que forman parte nuestras familias, organizaciones o
sociedades, la dignidad que les ha sido arrebatada por los sistemas y los burocratismos
funcionalistas. Porque no se puede predicar una fraternidad global, si primero
no se encarna en los seres humanos más próximos y cercanos, aquellos con
quienes todos los días nos involucramos.
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