jueves, 10 de septiembre de 2015

16nov2014 sustentabilidad

Relatos salvajes100915

Relatos Salvajes

Relatos Salvajes

Felipe Mario González. Maremágnum.
10 de septiembre de 2015.

Hace unos días he vuelto a ver la película argentina, más taquillera en ese país, y que fue nominada para el Oscar, a la mejor película extranjera, en 2014. La primera vez no la aguante. Dejé de verla en la segunda historia. En esta oportunidad he visto la película al completo, como dirían algunos. Aguante hasta el final. “Relatos Salvajes” es una película-reportaje sobre la cotidianeidad, sobre el estar hasta la “coronilla”, o como mi diría mi amigo XN, de “estar hasta la… (s) narices”, de ir llenando el buche con piedritas (como dirían otros), hasta no poder más.

“Relatos Salvajes” es una película del descontrol. No se trata de una apología, sino de mostrar el talante violento, en personas como ustedes y como yo, que ante las situaciones más comunes podemos explotar. Los personajes del filme son normales, hasta merecerían el epíteto de buenas personas. Lo común es que todos se salen de control. Y al descontrolarse asesinan, hieren, destruyen, corrompen, golpean, generan dolor entre sus semejantes y desde luego a sí mismos.

Es una película que nos sitúa ante la indiferencia, con que muchas veces, tratamos a los demás. Proceso que puede desencadenar el odio, que lleva a la destrucción del otro. Y es que la indiferencia es el primer paso para intentar anular a las personas. Es increíble que personas, constituidas en autoridad, hagan de la indiferencia una forma de relación con los que consideran sus súbditos, porque las circunstancias los han puesto bajo su poder.

“Relatos Salvajes” es la constatación opresiva de unas relaciones sociales que cargan excesivamente la vida de los demás, sin permitirles desahogar el magma interno de una manera no violenta. Es la sociedad del “ni modo”, del “aguanta, que no se puede ser hacer nada”, del “llévalo con la heroicidad de los estoicos”, pero que en el fondo supone una carga de indiferencia, o que nos importa un bledo, lo que sientan o piensen los demás.

Nadie nos debería ser indiferente, la indiferencia es una suerte de desprecio que lleva rápidamente al encono y al deseo quitar al otro de enfrente. No se trata de una moralina barata, sino de llegar al fondo de la cuestión. Se trata de saber si en la práctica aceptamos a los otros, si vivimos el principio de alteridad, que es el reconocimiento de la otra personas, en cuanto que es otro, distinto, diferente pero asociado a nosotros desde la naturaleza. Es aquello, que parafraseado, puede expresarse así: soy humano, y ninguno de los humanos debería serme indiferente.

 La aceptación de la alteridad es reconocer  que en la realidad estamos rodeados por muchos, cientos y miles de otros, que nos ayudan, que son un referente para nuestra conducta y con los que somos interdependientes. Pero también de otros que en ocasiones resultan pesados, insolentes y hasta odiables, porque nos amargan la existencia con sus mentiras, con la manipulación y con las injusticias, que como quien no quiere la cosa, comenten y comentemos todos los días.

Tal vez la cuestión más de fondo en “Relatos Salvajes”, al menos para mí, es la idea de un sistema del que todos formamos parte, en el que continua y constantemente nos estamos haciendo la vida de cuadritos, o para decirlo en el lenguaje de los “folklóricos”, continuamente nos estamos haciendo “putaditas”, “putadas” o “putadotas”, como diría mi amigo XN.

Es un plano inclinado en el que rápidamente se desciende. Del comentario mordaz se pasa a la ofensa leve que produce incomodidad y molestia. Poner en ridículo a la otra o al otro, se convierte en el pasatiempo de nuestras “civilización”. La presión va aumentando y el cúmulo de sinsabores cotidianos que trae la convivencia, va generando un magma interno, que bulle y rebulle, hasta sacar de control a la personas. Es lo que se llama salirse de sus casillas.

Aparecen entonces dos fenómenos: las implosiones y las explosiones. Las implosiones llevan al debilitamiento del deseo de vivir, las personas caen en la depresión y el descontento. Psicólogos y “coaches”, con o sin título, se erigen en jueces de la conducta ajena. Se diagnóstica al sujeto como falto de autoestima, incapaz de lograr una aceptación personal y poco apto para la vida social. El resultado siempre es el mismo: dispensarle los consabidos antidepresivos para estacionarlo al margen de la vida, e incluso ganar dinero con él o ella, y evadir así el problema del otro.

Las explosiones (a las que también pueden llegar los deprimidos) son la exorbitante manifestación de una ira contenida, de un furor largamente reprimido, de impotencia acrecentada antes “los imposibles” en la vida familiar, laboral, social o en las relaciones con todo tipo de autoridades, desde las religiosas hasta las de tránsito, pasando por las empresariales o sociales.

Hay que bajarle dos rayas al enojo, a la pasión y a la ira. Para ello me parece que todos debemos revisar si en nuestra conducta diaria somos un factor de serenidad y de confianza, o si bien vamos lanzando invectivas a diestra y siniestra. ¿Aumentamos de manera ilegitima la tensión en la vida de los demás, somos fuentes de estrés y desafección, contribuimos a un mundo de horror en los pequeños acontecimientos de la vida diaria?

Un volcán siempre explota por acumulación de magma. ¿No estaremos estresando demasiado a los demás? ¿No estaremos hartado los niveles de paciencia de las personas? ¿No estaremos sobrereglamentando la vida de los otros?

Las tensiones, las presiones y el estrés son muy altos en nuestra sociedad. Tal vez el remedio está en permitir que esas tensiones broten de manera más continua y fluida, de tal suerte que se puedan, ya no solo neutralizar, sino aprovechar. Se trata de poner la pasión, el coraje y la energía acumulada al servicio de objetivos honestos, integradores y superadores de nuestras propias deficiencias y de las de los otros.


La mejor manera de prevenir la implosión y las explosión de las personas que nos rodean, es permitirles la comunicación, ayudarlas a expresar sus temores y angustias, pero para ello es necesario un clima de confianza, de cercanía y de un demostrado interés por la persona, no sólo teórico, sino encarnado en la práctica de nuestra vida individual y social.

Relatos Salvajes


viernes, 7 de agosto de 2015

El verano caliente de 2015: una voz de alarma

El verano caliente de 2015: una voz de alarma.

Felipe Mario González, Maremágnum.

Bajo cualquier perspectiva que sea vea el verano de 2015 ha sido caliente. No sólo por las altas temperaturas registradas en diversos puntos del planeta, sino porque en México y en el mundo hay signos claros de una presión efervescente, que si no se resuelve, puede llegar a ser crítica en un futuro no muy lejano.

En plano internacional el aumento del terrorismo, con la escalada del Estado Islámico y los atentados en Túnez y en otros puntos; la crisis griega que amenaza la Unión Europea; el aumento de los inmigrantes en todo el mundo que huyen de las zonas de devastación y de pobreza; la posible subida en las tasas de interés; la implosión de la Bolsa de Shanghái y la desaceleración del crecimiento en China; los peligros de una economía financiera que desvinculada de la economía real está generando mayor desigualdad, falta de oportunidades y destrucción de riqueza, son algunos de los signos preocupantes de un modelo social, económico y político, que parece estar dejando de funcionar.

En México la espectacular fuga del líder del Cártel de Sinaloa; la debilidad del peso, cuya subvaluación será difícil de remontar al menos en el corto plazo; la noticia de los que pobreza no cede en nuestro país sino que sigue siendo un lastre que impide la formación de capital humano; el recrudecimiento de los problemas de seguridad, desigualdad y corrupción; una ausencia notable de liderazgo en los sectores más importantes de la economía, de la sociedad y la política; unas finanzas federales petrolizadas y un endeudamiento público preocupantes, al que hay que añadir las fuertes cargas de los sistemas de pensiones federales, estatales y municipales, aunado al  endeudamiento crítico de varios de los más importantes estados de la República, nos ponen ante un escenario nada favorable.

Frente a estas circunstancias siempre surge las voces de quienes con un optimismo desconcertante quieren tapar el sol con un dedo. Evidentemente no estamos todavía en una situación crítica, faltan –espero- muchos meses, para que el agua nos llegue a los aparejos.

Pero es ahora el momento de dar la voz de alarma. Las reformas estructurales son alentadoras, pero su eficacia depende de cambios mayores, en la operación del gobierno federal y de  los gobiernos de los estados, en el combate decidido y operativo a la corrupción y a la impunidad, en la reforma de un modelo económico que hoy no tienen miras amplias, porque segrega, descarta, amplia desigualdades, y puede generar tensiones que se salgan de control.

Necesitamos hacer un llamado sereno pero enérgico a los líderes de opinión, a los centros de investigación, a los académicos y a los políticos independientes y a todos los que tengan buena voluntad, para que nos ayuden a generar un gran proceso de clarificación que nos permita ver, realmente, el tamaño de los desafíos que tenemos al frente, y la magnitud del esfuerzo en que tenemos que comprometernos todos, para lograr no sólo evitar males mayores, sino lo que es más importante para lograr articular procesos efectivos para un desarrollo social justo, incluyente y compartido.


Agosto 7, 2015.